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Jueves, 13 Julio 2017 17:23

La sed histórica de la Ciudad de México

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La Ciudad de México enfrenta una inminente crisis del agua. Expertos, burócratas, académicos y usuarios suelen estar de acuerdo en esto. Las causas inmediatas de esta situación son múltiples y diversas: gestión inadecuada de los recursos hídricos y forestales; hundimientos del suelo provocados por el abatimiento de los mantos freáticos; el agotamiento de las fuentes de agua dentro de la Cuenca de México y en las adyacentes; los cambios en las precipitaciones a causa del cambio climático, y una creciente conflictividad política en torno al agua.

Esta crisis, y sus potenciales consecuencias, no son nuevas. La insostenibilidad del abasto y saneamiento del agua en la Ciudad de México lleva mucho tiempo construyéndose. Es más: la historia misma de la capital está marcada por la paulatina ampliación de dos procesos paralelos. El primero es el problema del desagüe de la cuenca cerrada, hoy conocida como Valle de México. El segundo es el del abastecimiento a la ciudad, que hoy incluye la apropiación del agua de cuencas lejanas. A través de esos procesos intentaré explicar la crisis que se vive hoy, a la vez que intentaré proponer una vía para la solución de este problema histórico.


En la crisis del agua se mezcla lo económico, lo político, lo administrativo, lo ecológico y lo social. El agua es un elemento que cruza estas divisiones, mostrando sus múltiples y profundas conexiones. Para analizar el problema hay que seguir una estrategia que nos permita también fluir a través de estas categorías, buscando comprender la lógica de la crisis y sus causas estructurales. Una mejor comprensión del problema puede ayudarnos a encontrar salidas integrales a la catástrofe que ha sido constantemente anunciada.

Para poder proponer una explicación de este tipo, primero debo remontarme a la historia del agua en la Ciudad de México. Elemento fundamental en el mito del origen de la urbe, el agua nunca es un mero elemento químico o un simple recurso natural. El agua en la ciudad siempre viene cargada de valores, expectativas y promesas. Su antigua presencia y actual ausencia son claves que han sido usadas para explicar cómo se ha formado este territorio que habitamos.

Un punto de inicio común es la conquista de Tenoch-titlan. Ahí múltiples autores encuentran el desbalance original (Legorreta, 2006; González Reynoso, 2016) de la ciudad. Los españoles, dice la versión más común de la historia, no supieron administrar la delicada armonía que existía en la cuenca. Firmes en la decisión de construir su capital sobre la vieja ciudad mexica, a forma de mostrar material y simbólicamente su nueva superioridad, se enfrentaron al agua como un elemento enemigo, que habían de dominar o expulsar para poder construir la nueva capital del virreinato.

No puedo aquí, por razones de espacio, indagar demasiado en la larga historia de casi 500 años que llega hasta la situación hídrica de hoy. Me interesa solamente destacar una cosa: el orden mexica, idealizado como se presenta, no deja de ser una forma específica de producir una naturaleza histórica (Moore, 2015). Es decir, asumiendo que la armonía fuera tal, y dejando así de lado las dinámicas de desigualdad y poder que existían en la sociedad mexica, ésta era todo menos natural. Construir una ciudad no sólo implica levantar edificios, crear instituciones políticas y habitarla a través de códigos sociales, también necesita crear una naturaleza que le sea útil para mantenerse en pie.

Así, el rompimiento entre la época mexica y la española no sería únicamente cultural o de conocimiento tecnológico. Hay más en juego que una forma de entender el agua o de comprender a la naturaleza. En el fondo, lo que se transformó fue el proceso de crear una naturaleza que sirviera a los fines de la ciudad, a su forma de producir mercancías y de ser administrada. Como apunta Vera Candiani (2014), lo que se dio fue un conflicto entre dos formas distintas de construir lo social: una basada en la propiedad privada y otra en la comunal (p. 4).

Visto así, el largo proceso de construir el Gran Canal del Desagüe, que inició en 1607, fue también el de producir una nueva ciudad, en la que priman los intereses de los propietarios de la urbe. El peor enemigo de las elites urbanas eran las inundaciones, que podían destruir el valor que estaba ligado a la tierra, a su propiedad privada y a sus usos residenciales, económicos y político-administrativos (Candiani, 2014).

El Gran Canal fue concluido hasta la dictadura de Porfirio Díaz, en 1900. La lógica de expulsión de aguas negras sigue funcionando en la actualidad. El desagüe de la ciudad, ampliado durante el siglo XX de forma exponencial, aún arroja el agua de desecho a la cuenca del río Tula, en Hidalgo. Allá es utilizada1 para el riego de hortalizas y verduras, que después son vendidas en la misma ciudad. El desagüe es no sólo el resultado de la estrategia de una clase social, que atraviesa la Independencia, las guerras internas del siglo XIX y la larga pax porfiriana; es, al mismo tiempo, una forma de producir otra naturaleza, otras formas de producción y otras relaciones sociales: unas que están atravesadas por la contradicción y la insostenibilidad.



Este proceso de desagüe permitió la ampliación de la ciudad en terrenos antes anegados. El siglo XX vio crecer la población urbana2 de 1.3 millones en 1930 a 6.9 en 1970, sin considerar la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM). En 1970, 1.8 millones de personas vivían en los municipios conurbados de la ZMVM (PAOT, 2002); para 2010 eran ya 11.1 millones (INEGI, 2012). Los cambios fueron más que demográficos. El desagüe transformó la actividad productiva en la cuenca (Candiani, 2012) y más allá de ella: las chinampas quedaron reducidas al sur de la ciudad; los lagos desecados se volvieron ciudad, y el Valle del Mezquital se volvió más productivo usando aguas negras de la Ciudad de México.

En materia de agua las fuentes de la ciudad comenzaron a ser insuficientes. Entre 1905 y 1913 las aguas potables de Xochimilco fueron llevadas la capital del país. Proyectadas por Manuel Marroquín y Rivera, las obras fueron las primeras que implicaron importar agua a la ciudad, aunque fuera ésta todavía dentro de la misma cuenca. Las obras de Xochimilco no sólo significaron traer el agua de tierras lejanas, también fueron un motivo más para construir infraestructuras modernas, que reflejaran el progreso del país bajo el régimen de Díaz (Banister y Widdifield, 2016).

La Revolución mexicana rompió la narrativa de la historia y el futuro del país, pero muchas de sus prácticas ecológicas continuaron existiendo, aunque no sin cambios importantes. La provisión de agua a la ciudad es un buen ejemplo de ello.

Hacia 1930 las preocupaciones por la ciudad se multiplicaban. El agua disponible comenzaba a ser insuficiente y había, además, una negativa oficial a usar las aguas subterráneas de la capital, por temor a los hundimientos, que hoy son tan comunes. Hubo varias soluciones posibles. Una implicaba traer el agua desde Zempoala, pero la altura a vencer implicaba la existencia de motores descomunales que requerían de grandes cantidades de energía eléctrica. La otra fue la que venció: traer el agua desde las lagunas del Lerma, perforando un túnel de 14 kilómetros a través de la Sierra de las Cruces, usando la inclinación del terreno.

Las argumentaciones que el Departamento del Distrito Federal dio en su momento para sustentar el proyecto hacen eco con las que se esgrimieron para construir el desagüe. La capital, decían, debía ser protegida al ser el centro económico, político y cultural del país. Esto justificaba que no se usaran sus aguas subterráneas, por el ya referido temor a los hundimientos del suelo, dejando como única opción la transferencia de agua de la Cuenca del Lerma a la de México. Aquí no se encuentra una argumentación de clase tan clara como en el proyecto colonial y porfiriano de desagüe; en su lugar aparece el Estado como depositario de la voluntad popular. Sin embargo, observando las carencias históricas de agua en la zona oriente de la capital de México y, más recientemente, en las laderas del poniente, uno podría pensar que el carácter de clase siempre estuvo ahí, oculto.

En 1951 las obras fueron concluidas. El nuevo Sistema Lerma terminaba en el mismo lugar que el viejo de Xochimilco: el bosque de Chapultepec. Sus aguas serían depositadas en los mismos cuatro Tanques de Dolores, cada uno de 50 mil metros cúbicos de capacidad. Antes, romperían la velocidad que llevaban en un cárcamo, que ahora es conocido también como de Dolores. Dentro del cárcamo, construido por el arquitecto comunista Ricardo Rivas, hay una pintura mural de su amigo y colaborador Diego Rivera. Afuera, una fuente monumental de Tláloc complementa el conjunto que fue, algún día, infraestructura funcional y templo al agua, y hoy es un pálido reflejo de lo último así como un museo de la ciudad.

El mural, titulado Agua, origen de la vida en la tierra, es una interpretación de la teoría de Alexander Oparin sobre el tema; una historia biológica de la evolución de las especies, incluyendo la humana; una crónica sobre la sed histórica de la Ciudad de México, y una celebración sobre la labor de obreros, ingenieros, naturaleza y Estado para saciar esta demanda hídrica (Tostado Gutiérrez, 2012). Más allá de las discusiones estéticas que es posible tener sobre el mural, me gustaría destacar lo siguiente: la obra puede ser vista como parte de la labor ideológica del Estado mexicano, que entonces se representaba a sí mismo como portador de la modernidad, de la identidad mexicana y del progreso y la justicia social.

Así, dos procesos se entrelazan. Por un lado, la creciente demanda de agua en la ciudad, propiciada por la expansión urbana ocurrida tras la desecación de los lagos y la centralización de la labor política, económica y cultural en la capital. Por el otro, la idea de que el Estado podía solucionar esta demanda, a la par de muchas otras, a través de la tecnología, vista entonces como vía al progreso y la justicia social. Subyaciendo los dos procesos, un tercero permanece, silenciado: la creciente apropiación del agua ya no sólo de la cuenca de México, sino de las adyacentes, y los procesos ecológicos, económicos políticos y sociales con los que aquélla se entrelaza.



El Sistema Cutzamala fue el segundo que trajo agua de otra cuenca a la ciudad. El Cutzamala, en dimensiones, usos de energía y cantidad de agua que aporta, opaca por completo al Lerma. Las estructuras administrativas de uno y otro también son radicalmente distintas. Mientras el Lerma continúa siendo administrado por el gobierno de la Ciudad de México, el Cutzamala se encuentra bajo jurisdicción federal. Esto no sólo implica que existan diferencias organizacionales, también hay grandes disparidades en materia presupuestal y de mantenimiento.

Sin embargo, hay otra diferencia que me gustaría explorar. Mientras que el Lerma terminó alguna vez en el cárcamo de Dolores, hoy convertido en museo, las grandes infraestructuras del Cutzamala son invisibles para el ojo del habitante de la capital mexicana. Cuando están en la superficie, como la Planta Potabilizadora Los Berros, en el Estado de México, su estética ya no es la de la alegoría del progreso, sino la de la fría funcionalidad. Estos cambios estéticos pueden ser vistos como un cambio profundo en la práctica del Estado mexicano. Éste ya no está inmerso en la construcción de una narrativa visual y material de futuro, identidad y justicia social. Su lenguaje es ahora, en teoría, el de la eficiencia y el mercado como gran mediador social; en práctica, a menudo es leído como un Estado que está enfrascado en la corrupción, la violencia y, en materia de aguas y recursos, en el despojo.

No sólo la práctica narrativa y visual del Estado desapareció, invisibilizando la infraestructura (Swyngedouw y Kaika, 2000). También sus funciones financieras se han visto transformadas radicalmente. La gran deuda pública que financió el Lerma y el Cutzamala es vista, en el canon económico del régimen actual, como una desviación intolerable. La única forma de financiar estas grandes obras sería a través de la participación de los actores privados. En el caso del agua, hay poco atractivo para construirlas. El líquido continúa siendo una mercancía severamente subsidiada y los bajos costos son un límite a la participación privada. Es por ello que hay voces llamando a reconsiderar el esquema de subsidios, con el fin de que los privados ahora tomen el rol constructor que el Estado infraestructural alguna vez tuvo.

El Estado no sólo ha perdido el rol de gran constructor. También su legitimidad como portador de una narrativa de presente y futuro está fuertemente cuestionada. El Sistema Cutzamala, por ejemplo, no ha podido ampliarse ante la oposición de los pueblos mazahuas de la zona de Temascaltepec (Gómez-Fuentes, 2014). Las promesas de progreso han perdido validez ante la pertinaz pobreza y desigualdad en la que viven los pueblos que habitan las tierras en las que el agua nace y por las que cruza, lejos del control del Estado, del mercado y de la ciudad. De igual forma, los conflictos entre la Ciudad de México y el Estado de México han aumentado, dando cuenta de los cambios en la relación entre gobierno federal y los gobiernos estatales, surgida tras la primera derrota del PRI en el año 2000 (Perló Cohen y González Reynoso, 2005; González Reynoso, 2016).

A pesar de estas transformaciones la lógica de apropiación del agua permanece. Ésta sigue siendo vista como un recurso infinito. La Comisión Nacional del Agua ha planeado expandir el sistema de abastecimiento de la ciudad hacia Puebla y Veracruz; los ingenieros de SACMEX dicen que estas fuentes son el futuro de la ciudad. La voracidad de la urbe y sus procesos de acumulación y reproducción siguen impulsando una política hídrica insostenible. A menudo ésta existe sólo en planes e imaginación, ante la imposibilidad de llevarla a cabo materialmente.

Al mismo tiempo, la ciudad continúa expulsando sus desechos. Mezclados con ellos viaja el agua pluvial que cae, inundando calles, plazas y túneles. Las fugas siguen proliferando, sin que conozcamos la verdadera dimensión que tienen. El complejo sistema de aguas de la ciudad sigue siendo, en muchos casos, una incógnita. Las cifras oficiales son mucho menos precisas de lo que los números finales muestran; a menudo son resultado de improvisación y contabilidad creativa. Las tuberías se rompen al tiempo que la ciudad se hunde, agravando los problemas de fugas y desagüe que ya existen.

Existen grandes utopías sobre el futuro hídrico de la Ciudad de México. La vuelta a la ciudad lacustre ha sido una de ellas (Legorreta, 2006; González de León, Cordero, y Kalach, 2010). Grandes planes han sido diseñados para imaginar cómo se vería una ciudad que vuelva a reconocer el agua que alguna vez expulsó. Lagos nuevos conviven con edificios modernos, con avenidas larguísimas, con parques que hoy parecen imposibles.

Quiero hacer un llamado menos detallado, pero más radical. No hay una armonía mítica a la cual volver: la ciudad siempre ha producido una naturaleza útil para sus labores productivas y reproductivas. No hay que volver a un pasado mejor, sino construir un futuro posible. No es el de la capital como el ente que devora todo en una vorágine de crecimiento y acumulación. Sería el de una ciudad que se plantea seriamente el problema de su sostenibilidad y de su desigualdad.

Para ello es necesario pensar en grandes obras de captación de agua pluvial, de tratamiento de aguas negras, de inyección de líquido purificado al acuífero, de recuperación del espacio forestal y muchas otras. Todo esto es necesario, pero no basta. También es necesario repensar la administración y la economía de la ciudad, construir material y simbólicamente otra idea de futuro, uno en el que podamos vivir todos. En otras palabras: la labor de construir una ciudad sustentable es también la de transformar al Estado y al mercado. En esta labor no hay prescripciones posibles. El trabajo excede al individuo. Es un sueño que se produce en colectivo.



Bibliografía

Banister, J. M., y Widdifield, S. G., “The History and Visual Culture of Mexico City’s Xochimilco Potable Water System during the Porfiriato”, Latin American History: Oxford Research Encyclopedias, 2016, pp. 1-37.

Candiani, V., “The Desagüe Reconsidered: Environmental Dimensions of Class Conflict in Colonial Mexico”, Hispanic American Historical Review, 2012, pp. 5-39.

Candiani, V., Dreaming of Dry Land: Environmental Transformation in Colonial Mexico City, Stanford, CA, Stanford University Press, 2014.

Gómez-Fuentes, A., “State and Water Policy in Mexico: The Conflict of the Mazahuas Indigenous People”, Agua y territorio, 2014, pp. 84-95.

González de León, T., Cordero, J., y Kalach, A., México, ciudad futura, Ciudad de México, RM Verlag, 2010.

González Reynoso, A. E., La región hidropolitana de la Ciudad de México: conflicto gubernamental y social por los trasvases Lerma y Cutzamala, Ciudad de México, Instituto Mora-CONACyT, 2016.

INEGI, Delimitación de las Zonas Metropolitanas de México, Ciudad de México, 2012.

Legorreta, J., El agua y la Ciudad de México: de Tenochtitlán a la megalópolis del siglo XXI, Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, 2006.

Moore, J. W., Capitalism in the Web of Life: Ecology and the Accumulation of Capital, Nueva York, Verso Books, 2015.

PAOT, Programa para mejorar la calidad del aire de la ZMVM 2002-2010, Ciudad de México, GDF, 2002.

Perló Cohen, M., y González Reynoso, A., ¿Guerra por el agua en el Valle de México? Estudio sobre las relaciones hidráulicas entre el Distrito Federal y el Estado de México, Ciudad de México, PUEC-UNAM/Friedrich Ebert Stiftung, 2005.

Swyngedouw, E., y Kaika, M., “Fetishizing the modern city: the phantasmagoria of urban technological networks”, International Journal of Urban and Regional Research, 2000, pp. 120-138.

Tostado Gutiérrez, C., El agua, origen de la vida en la tierra. Diego Rivera y el Sistema Lerma, Ciudad de México, Arquine, 2012.



Fuente:http://www.nexos.com.mx
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